El otro día en clase se abrió un debate interesante a raíz de este vídeo (http://www.youtube.com/watch?v=1OTcXyEhr_o). Empezamos a hablar del hiyab, de las “escuelas laicas” (lo pongo entrecomillado porque dudo bastante de ellas), de los derechos del individuo, de la libertad, de la igualdad. Creo que en este vídeo se muestran muchas cosas interesantes en frases a las que no se les da importancia.
Yo, sin duda, me quedo con la cara de la niña cuando entra a clase y ve que la imagen que le había dado la profesora de que son todos iguales se desvanece. Pañuelos, pañuelos por todos lados. Gorras neoyorquinas, piercings, rastas, gorros y más pañuelos que tapan las cabezas de chicos y chicas. Menos la suya, claro. Me imagino el sentimiento de frustración de la niña, la sensación de que la habían engañado para que claudicase cuando todo el mundo lleva símbolos diferenciadores. Porque claro, llevar un hiyab es algo completamente diferente, detrás de ese pañuelo se esconde una forma de pensar diferente, una ideología.
Ah no, espera. Que eso también se esconde detrás de cabezas rapadas, de camisetas con símbolos de la paz o con eslóganes de “salvemos a las ballenas”, de crestas verdes o pantalones bombers con símbolos anarquistas. Entonces, ¿Por qué el hiyab no? Pues porque es un símbolo que no estamos acostumbrados a ver, y eso nos perturba y, en algunos casos, nos molesta. Creo que la cosa es bastante simple: el hiyab es otro símbolo más, añadido a la sociedad multicultural en la que vivimos, es otra opción de identificación más. A la que, evidentemente, al principio no estábamos acostumbrados, pero la solución no es sesgarlo, sino comprender que está ahí y que no nos puede hacer nada. El hiyab no te va a atacar si lo miras, nadie se va a enfadar si preguntas qué significa; todo lo contrario, si muestras interés por conocer y comprender, comprenderás que solo es eso: otra seña de identificación.
Pero claro, es que no es lo mismo una cresta verde de medio metro que un pañuelo en la cabeza, porque lo segundo es un símbolo religioso -me diréis vosotros- y con la religión si que no transigimos. Porque somos personas muy modernas que creemos en las escuelas laicas y en la libertad de culto, de religión y de pensamiento. Mhhh... escuelas laicas y libertad, ¿eh? ¡Gracias por sacar el tema! Quería hablar sobre eso también.
Me parece genial el intento de las escuelas laicas (y de los gobiernos que las promueven) por evitar diferencias y conflictos entre los alumnos, aludiendo a que todos somos iguales y tal y cual, pero la forma de llevar este pensamiento a cabo la veo bastante errónea. De hecho, es una paradoja cuanto menos. Se pretende mantener la libertad de culto y de religión a través precisamente de la prohibición de mostrarlo. Bien. No lo entiendo. ¿Cómo quieren proteger esos derechos si ni siquiera te dejan llevarlos a cabo? Para empezar, si tú eres taoísta convencido, el hecho de que alguien lleve una cruz, una kipá o un hiyab no te va a hacer cambiar de opinión con respecto a tus firmes convicciones taoístas. Y además, me parece bastante absurdo (o ingenuo) el pensar que eliminar esos signos distintivos elimina también las diferencias que puedan haber entre unos y otros, recordemos que son símbolos detrás de los cuales hay ideas. Por mucho que prohíbas a un cristiano llevar una cruz, éste no dejará de pensar que existe un único y verdadero Dios y que Cristo resucitó al tercer día.
De todas formas, este loable intento por evitar conflictos podemos llevarlo a otra dimensión también. Si se pretende evitar conflictos mediante esta igualación, ¿por qué no prohibir también la entrada a los institutos con piercings, símbolos pacifistas, cabezas rapadas? Total, detrás de ellos también hay una forma de vida y de pensamiento –bueno, a veces, es simplemente que mola mucho llevar rastas o la cabeza rapada, pero de eso hablaremos otro día-. Sin embargo no es así, porque la lucha es contra la religión, no contra una ideología que acepta como válido la locura de que la piel blanca es mejor que la piel negra, y por eso es lícito apalear al diferente. Eso es muchísimo menos peligroso que una niña con hiyab, por supuesto. Dios mío, ¡el llevar hiyab significa que esta chica se va a inmolar de un momento a otro!
En fin, con la igualación –mediante la prohibición de ejercer tu libertad de culto- de todos los niños se pretende evitar el rechazo y la generación de conflictos, pero esto no es demasiado efectivo por lo que acabamos de comentar. Con o sin hiyab, con o sin cruz, con o sin kipá, las diferencias saltan a la vista.
Lo que intento decir con todo esto es que no necesitamos montar el jaleo que han montado los franceses para evitar conflictos en esta nueva sociedad multicultural que tanto nos asusta a todos. Para quien no esté demasiado al tanto, voy a intentar hacer una pequeña dramatización:
- Papi Estado ¡no queremos que se lleven hiyabs en los institutos porque atenta contra la libertad de culto!
- Vale, las prohibiremos.
- ¡Eh, papi Estado! ¿Ellos si pueden llevar cruces? ¡¡Eso atenta contra MI libertad de religión!!
- Pues que NADIE LLEVE MAS SÍMBOLOS RELIGIOSOS, ¡JODER! ¡No se os puede dejar que juguéis solos...!
Para terminar ya, solo plantearos esta pregunta: ¿es realmente esto lo que necesitamos? ¿Qué después de tanto tiempo luchando por esta libertad nos hagan esto en favor de la igualdad? ¿Queremos lograr esta igualdad de la sociedad mediante la difuminación de lo que nos hace diferentes? Este no es el camino, no podemos coartar la libertad personal de mostrar sus sentimientos y pensamientos.
Lo que necesitamos es menos prohibición y más educación para evitar los seguros conflictos que surgen y seguirán surgiendo en esta sociedad, que las generaciones venideras puedan estar realmente integradas mediante el conocimiento de los otros y el respeto hacia los otros. No conseguiremos más integración igualándonos a todos como si fuéramos robots, porque eliminando esas diferencias solo se consigue que, cuando nos topemos con ellas, peguen mas fuerte, entrando en un círculo vicioso de frustración por ambas partes. Parafraseando a alguien: “El respeto no consiste en ocultar las diferencias para parecer iguales. El respeto consiste en saber que somos iguales aunque nos vistamos de forma diferente”.
Y no, no soy religiosa y quien me conozca sabe que no me gustan las religiones en absoluto. Pero intento dejar a un lado mis sentimientos para centrarme en un problema que creo mayor: el hecho de que alguien no pueda expresar su religiosidad como yo puedo expresar mi oposición a ella.
Yo, sin duda, me quedo con la cara de la niña cuando entra a clase y ve que la imagen que le había dado la profesora de que son todos iguales se desvanece. Pañuelos, pañuelos por todos lados. Gorras neoyorquinas, piercings, rastas, gorros y más pañuelos que tapan las cabezas de chicos y chicas. Menos la suya, claro. Me imagino el sentimiento de frustración de la niña, la sensación de que la habían engañado para que claudicase cuando todo el mundo lleva símbolos diferenciadores. Porque claro, llevar un hiyab es algo completamente diferente, detrás de ese pañuelo se esconde una forma de pensar diferente, una ideología.
Ah no, espera. Que eso también se esconde detrás de cabezas rapadas, de camisetas con símbolos de la paz o con eslóganes de “salvemos a las ballenas”, de crestas verdes o pantalones bombers con símbolos anarquistas. Entonces, ¿Por qué el hiyab no? Pues porque es un símbolo que no estamos acostumbrados a ver, y eso nos perturba y, en algunos casos, nos molesta. Creo que la cosa es bastante simple: el hiyab es otro símbolo más, añadido a la sociedad multicultural en la que vivimos, es otra opción de identificación más. A la que, evidentemente, al principio no estábamos acostumbrados, pero la solución no es sesgarlo, sino comprender que está ahí y que no nos puede hacer nada. El hiyab no te va a atacar si lo miras, nadie se va a enfadar si preguntas qué significa; todo lo contrario, si muestras interés por conocer y comprender, comprenderás que solo es eso: otra seña de identificación.
Pero claro, es que no es lo mismo una cresta verde de medio metro que un pañuelo en la cabeza, porque lo segundo es un símbolo religioso -me diréis vosotros- y con la religión si que no transigimos. Porque somos personas muy modernas que creemos en las escuelas laicas y en la libertad de culto, de religión y de pensamiento. Mhhh... escuelas laicas y libertad, ¿eh? ¡Gracias por sacar el tema! Quería hablar sobre eso también.
Me parece genial el intento de las escuelas laicas (y de los gobiernos que las promueven) por evitar diferencias y conflictos entre los alumnos, aludiendo a que todos somos iguales y tal y cual, pero la forma de llevar este pensamiento a cabo la veo bastante errónea. De hecho, es una paradoja cuanto menos. Se pretende mantener la libertad de culto y de religión a través precisamente de la prohibición de mostrarlo. Bien. No lo entiendo. ¿Cómo quieren proteger esos derechos si ni siquiera te dejan llevarlos a cabo? Para empezar, si tú eres taoísta convencido, el hecho de que alguien lleve una cruz, una kipá o un hiyab no te va a hacer cambiar de opinión con respecto a tus firmes convicciones taoístas. Y además, me parece bastante absurdo (o ingenuo) el pensar que eliminar esos signos distintivos elimina también las diferencias que puedan haber entre unos y otros, recordemos que son símbolos detrás de los cuales hay ideas. Por mucho que prohíbas a un cristiano llevar una cruz, éste no dejará de pensar que existe un único y verdadero Dios y que Cristo resucitó al tercer día.
De todas formas, este loable intento por evitar conflictos podemos llevarlo a otra dimensión también. Si se pretende evitar conflictos mediante esta igualación, ¿por qué no prohibir también la entrada a los institutos con piercings, símbolos pacifistas, cabezas rapadas? Total, detrás de ellos también hay una forma de vida y de pensamiento –bueno, a veces, es simplemente que mola mucho llevar rastas o la cabeza rapada, pero de eso hablaremos otro día-. Sin embargo no es así, porque la lucha es contra la religión, no contra una ideología que acepta como válido la locura de que la piel blanca es mejor que la piel negra, y por eso es lícito apalear al diferente. Eso es muchísimo menos peligroso que una niña con hiyab, por supuesto. Dios mío, ¡el llevar hiyab significa que esta chica se va a inmolar de un momento a otro!
En fin, con la igualación –mediante la prohibición de ejercer tu libertad de culto- de todos los niños se pretende evitar el rechazo y la generación de conflictos, pero esto no es demasiado efectivo por lo que acabamos de comentar. Con o sin hiyab, con o sin cruz, con o sin kipá, las diferencias saltan a la vista.
Lo que intento decir con todo esto es que no necesitamos montar el jaleo que han montado los franceses para evitar conflictos en esta nueva sociedad multicultural que tanto nos asusta a todos. Para quien no esté demasiado al tanto, voy a intentar hacer una pequeña dramatización:
- Papi Estado ¡no queremos que se lleven hiyabs en los institutos porque atenta contra la libertad de culto!
- Vale, las prohibiremos.
- ¡Eh, papi Estado! ¿Ellos si pueden llevar cruces? ¡¡Eso atenta contra MI libertad de religión!!
- Pues que NADIE LLEVE MAS SÍMBOLOS RELIGIOSOS, ¡JODER! ¡No se os puede dejar que juguéis solos...!
Para terminar ya, solo plantearos esta pregunta: ¿es realmente esto lo que necesitamos? ¿Qué después de tanto tiempo luchando por esta libertad nos hagan esto en favor de la igualdad? ¿Queremos lograr esta igualdad de la sociedad mediante la difuminación de lo que nos hace diferentes? Este no es el camino, no podemos coartar la libertad personal de mostrar sus sentimientos y pensamientos.
Lo que necesitamos es menos prohibición y más educación para evitar los seguros conflictos que surgen y seguirán surgiendo en esta sociedad, que las generaciones venideras puedan estar realmente integradas mediante el conocimiento de los otros y el respeto hacia los otros. No conseguiremos más integración igualándonos a todos como si fuéramos robots, porque eliminando esas diferencias solo se consigue que, cuando nos topemos con ellas, peguen mas fuerte, entrando en un círculo vicioso de frustración por ambas partes. Parafraseando a alguien: “El respeto no consiste en ocultar las diferencias para parecer iguales. El respeto consiste en saber que somos iguales aunque nos vistamos de forma diferente”.
Y no, no soy religiosa y quien me conozca sabe que no me gustan las religiones en absoluto. Pero intento dejar a un lado mis sentimientos para centrarme en un problema que creo mayor: el hecho de que alguien no pueda expresar su religiosidad como yo puedo expresar mi oposición a ella.